Cleta

jueves, 28 de mayo de 2009


Sumado al montòn de cosas que me han pasado estas semanas, hoy comprendì cual es la peor de todas y que me tiene en este estado melancòlico; siendo honesto es la suma de muchas cosas, unas màs que otras me sumergieron en la tristeza en la que no respiro. Todas desembocaron en una fecha que no estaba tan clara en mi cabeza pero que, internamente, siempre estuvo dentro de mi corazòn.

Cuando comprendì tanto? al ver mi bicicleta. Vieja, llena de tierra. Hice memoria y retrocedì. Alcancè a ver el miedo a balancearse en un aparatejo de dos ruedas que me parecìa un monstruo. Para mi era impensable estar en dos ruedas sin caerse. Entonces, mi viejo decide conversar conmigo y llegar a un acuerdo. Si yo lo intentaba, si trataba sacar las ruedas de los costados de la bicicleta, las que le daban el equilibrio, èl se comprometìa a sostenerla atràs mientras yo pedaleaba. Accedì, siempre y cuando, el tiempo que yo quisiera fuese ilimitado.

Y corriò.

Eso fue por horas... dìas... semanas... no recuerdo, exactamente, cuanto tiempo transcurriò. Pero yo no aprendìa a pedalear solo. Un dìa cualquiera le digo que me suelte para intentar pedalear... y ocurriò... fui feliz... la bicicleta cobrò vida propia y me sentìa un hèroe, volaba en ella y me divertìa tanto que olvidè a mi papà que me miraba, orgulloso, desde la vereda.

Como siempre, encendio su cigarrillo, y se fue a la casa, a cumplir con sus cheques, facturas y dineros que yo, de niño, no entendìa. Seguì pedaleando, tanto que entrò la noche.

Lleguè, no transpirado... sudado, de pedalear horas. Lo màs extraño es que no querìa dejar de hacerlo porque, juraba, que, al dìa siguiente, no recordarìa como se hacìa.

Para mi era toda una hazaña, digna de contarla en cualquier historieta de colores!!! cuando salì de una ducha necesaria me sentè frente a èl... al señor de lentes que, cigarrillo en mano, no soltaba esa calculadora de nùmeros eternos, moviendo facturas y refunfuñando de vez en cuando. Levanta su cabeza y me pregunta si disfrutè de mi bicicleta... le quitè muchìsimos minutos de su tiempo para explicarle que era feliz, sonriò, nunca dejò de hacerlo, pacientemente escuchò mi hazaña y, cuando me cansè, volviò a lo suyo.

Pasaron los años y ya de grande comprendì que tantos nùmeros, y esa calculadora agotada eran los que nos daban de comer; que su esfuerzo por madrugar y estar en su trabajo sacando cuentas y manteniendo contactos eran los que me entregaban mis juguetes, revistas de historietas por docenas y me daban abrigo y estudios.

Y asì, ya de grande, en el jardìn de la casa le recordè a este señor mi hazaña. La historia de la bicicleta. Me mirò, sonriò y me contò la otra parte de la historia. Èl sabìa que yo era tozudo, si notaba que la bicicleta no me sostenìa no seguirìa intentando, asì que corriò, tal como se habìa comprometido, detràs. Al paso de dìas yo ya pedaleaba solo, pero el necesitaba entregarme confianza... asi que... siguiò corriendo, a pesar de que yo ya podìa hacerlo solo, su mano iba inerte detràs para darme seguridad.

Y hoy llorè... el señor de la calculadora en mano, el mismo que trabajaba horas eternas, llegaba a casa, agotado, tomaba sus zapatillas de descanso y salìa a correr detràs de su hijo, para hacerle entender que estaba ahì... con èl.

Hoy no està, y la fecha màs odiada por mi se acerca. Esa que me recuerda cuando el càncer me roba a mi amigo, el que se comprometìa a afirmar mi bicicleta... hoy estarìa afirmàndome nuevamente, diciendo paciencia ya todo pasarà, ey!!! mañana estarà soleado!!!

Pero que vi hoy?? la bicicleta añosa que me recordò que ya debo caminar solo.




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